viernes, 23 de octubre de 2009

Sabio consejo

Generalmente a las personas les gustan dar consejos, más no siempre son consejos dignos de ser seguidos.

Mas, con aquel joven médico fue diferente.

Casi al término de la fiesta de su formación, uno de sus profesores se aproximo, colocó la mano sobre su hombro, y le dijo: “Hijo mío, voy a darle un consejo. Siempre que usted vaya a a recetar un remedio para un paciente, pregúntese primero:”

¿Tomaría yo ese remedio? ¿Se lo daría a mi padre, a mi madre? ¿Lo recetaría a un hijo o un hermano?

Si la respuesta fuera si, entonces puede prescribir la medicación y aguardar con la conciencia tranquila.”

Aquel joven recién formado es hoy un gran médico y ejerce la medicina hace muchos años, más jamás olvido aquel sabio consejo.

Se pasaron más de veinte años y las palabras de su profesor quedaron grabadas en su mente, orientando sus acciones en el ejercicio de la medicina.

Sus pacientes tienen plena confianza en sus diagnósticos y en sus orientaciones médicas..

Más cuando alguien le habla de cómo lo admira por su dignidad y competencia, el atribuye eso a su sabio maestro, diciendo: “Eso es merito de un profesor que tuve en la universidad. Fue él el que me dio una receta infalible para guiarme en las decisiones”.

Sería muy bueno que cada alumno, al dejar la universidad. Recibiese un consejo de esos y lo siguiese en su vida profesional.

Si ingenieros y arquitectos se preguntasen siempre, antes de hacer un proyecto, si moraran en aquel edificio o casa, si colocaran a un ser querido para morar en su interior.

Si el fabricante de este o aquel producto usase el mismo criterio, y jamás pusiese en circulación productos que no desea para sí ni para los suyos, jamás tendríamos reclamaciones de los consumidores.

Si los políticos, abogados, magistrados, reflexionasen sobre sus acciones, preguntándose si las aplicarían a sí mismos o a los sus amores, tendríamos una sociedad mucho mejor y más justa.

Si los profesores, enfermeros, farmacéuticos, hiciesen lo mismo, el mundo sería mejor.

Si los gobernantes, antes de hacer la guerra, se preguntasen si irían al frente de la batalla, si mandarían a su madre, a su hijo, esposa, a sus más dilectos amigos, ciertamente optarían por la diplomacia.

En fin, si todos los individuos, en cualquier actividad que desempeñasen actuasen siempre teniendo por base hacer a los otros lo que aceptarían de buen agrado hacer para sí mismos, no habría violencias, injusticias, desamor…

¿Tiene todo esto sentido para usted?

¿Y sabe lo que eso significaría?

Si, sería el cumplimiento de la regla aurea prescrita por Jesús, el más sabio de los Maestros.

¿Sencillo, no?

La solución de todos los problemas de la humanidad en un precepto tan sencillo y fácil de entender…

No en tanto, pocos están dispuestos a echar mano de ese recurso.

¿Y sabe usted por qué?

Porque precisaría derrotar los valores más poderosos que aun habitan en el corazón del hombre: el orgullo y el egoísmo.

Más usted que desea construir un mundo más feliz y más justo, puede hacer su parte sin preocuparse con aquellos que aun se complacen en la explotación de los semejantes.

¿Más será que valdrá la pena?

Sin duda que si, pues usted solo responderá por los propios actos, ante su propia conciencia.

Una vez más vamos a encontrar en la sabiduría de Jesús la afirmativa: “a cada uno según sus obras.”

Por eso es que vale la pena actuar con dignidad y honradez, pues solamente una conciencia recta le dará la paz del espíritu, en este mundo y en el otro.

Piense en eso, y haga su parte en el ejercicio de su profesión, sea ella cual fuera.

Texto del equipo de Redacción de Momento Espirita, con base en la historia del Dr. Alan Archetti.

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